Historias de la mili VI: guardia nocturna.


Tras la primera semana, conseguí el pase per nocta, es decir, permiso para dormir en mi casa. Eso se traducía en que a la hora del paseo, a eso de las 5 de la tarde si no recuerdo mal, yo salía del cuartel y hasta las 7 de la mañana del día siguiente no entraba.
Mis compañeros en esa hora del paseo se dedicaban a las más variadas actividades. La mayoría se metía en un bar muy cercano al cuartel y allí iban gastando el dinero que habían ahorrado para su mili, menudas resacas tenían por las mañanas. Otros, los menos, se aventuraban a ver más allá de las calles adyacentes al cuartel y al día siguiente llegaban contando maravillas a buen seguro falsas, pero que dejaba al resto con la boca abierta y en actitud babeante.
Otro ejemplo era mi amigo Tomé, cuando ya llevaba dos semanas, me pidió en secreto y como favor personal, que lo acompañara hasta el bar donde iba la mayoría, ya que no se atrevía a cruzar la calle el solo. Jamás había salido de su pueblo de la sierra de Cazorla, y nunca había visto un semáforo, se que resulta complicado de creer, pero es cierto.
Pero sin duda quien mejor aprovechaba las salidas era un chaval que me debía cierto favor, y me llegó a la mañana siguiente con una radio de coche que por supuesto no llegué ni a coger.
En esa primera semana con el pase per nocta pasó alguna cosa digna de ser contada. Creo que fue el miércoles, cuando el cabo Fernández me comunicó que me tocaba hacer guardia en uno de los turnos de noche, intenté escaquearme aludiendo a mi condición de rebajado, pero el cabo no entendía de esas cosas. Como buen militar, solo entendía de órdenes y de obedecerlas. Me tocó hacer el segundo turno, cuando lo comenté entre los compañeros me felicitaron, lo cual me tomé con algo de filosofía, y con una buena dosis de desconfianza.
La verdadera razón de la felicitación la descubriría más tarde. Llegada la hora, mi predecesor en la guardia llegó a despertarme, me levanté y como era la primera guardia me contó algo por encima de que iba el tema. La cosa era simple, no hacer ruido, y si había algún follón, intentar solucionarlo por todos los medios sin que se llegara a despertar el subteniente. Entonces me pidió quedarse una hora más, me extrañó, eso de hacer guardia y quedarse sin dormir así por las buenas no tenía mucha lógica, le pregunté la razón y así me enteré de todo.
Resulta que todos los días, a la misma hora, en uno de los edificios que se veían desde el cuartel sucedía algo digno de ser contado y por supuesto visto. Una mujer a eso de las doce y media o la una de la madrugada, abría las persianas y descorría las cortinas de su salón. Poco a poco y seguro que con música, así lo imaginé, iba quitándose la ropa. La señora era atractiva, rondando los cuarenta años, morena y con buen cuerpo, llevaba lencería negra de encaje, no cabía duda, le gustaba saberse observada. Allí estábamos los dos con cara de perro labrador cuando siento algo sobre mi hombro, me doy la vuelta y me encuentro a un hombre de mediana edad con un pijama del Atlético de Madrid, con gafas y bigotito. Se trataba del subteniente, cuando pensé que me caería un arresto me sonrió, y con su mano en mi hombro me hizo un gesto para que me apartara, pues le tapaba las vistas. La mujer era todo un espectáculo, se quitaba las medias muy despacito, acariciándose las piernas, así todo hasta finalizar quedándose desnuda al completo, en ese momento apagaba la luz y se encendía la del dormitorio, donde la esperaba el marido tumbado en la cama, o al menos así lo di por supuesto. De ese modo terminaba el pase de cada día, pues el marido se encargaba de apagar la luz antes de entrar en faena.
Al finalizar el espectáculo, el subteniente dio un suspiro, volvió a sonreírnos y se marcho a su dormitorio.
En el resto de mi guardia me quedé junto a su puerta, pues así, gracias a la sordera del subteniente, que ponía el transistor a un volumen elevado, escuchaba a José María García. Mientras tanto, apoyado en la pared, pensé que la mujer del subteniente se debió enterar de la paliza recibida por el hijo de su vecina, y como represalia, obligaba al pobre hombre a dormir en el cuartel. Pero por razones de la vida, se le veía más feliz.

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