Historias de la mili III: La gran cagada.


¡Quinto levanta tira de la manta!…, con ese soniquete fui despertándome, acompañado y ayudado de empujones del antequerano mientras decía,
quillo levanta que te cae un arresto! -.
- Voy, voy-.
Cuando abrí los ojos todo aquello era una pequeña revolución de chavales moviéndose de un lado para otro, vistiéndose unos, otros haciendo las camas. Salté de la cama y siguiendo los pasos del antequerano cogí las cosas y me fui al cuarto de baño. Hacía un frió intenso, de esos que se van metiendo dentro hasta calarte en los huesos. Me afeité con agua fría porque por alguna avería no había otra. Mientras nos afeitábamos y después nos vestíamos, fui conociendo a la gente que tenía alrededor. Al parecer me había tocado dormir entre gente de Antequera, también de la Cruz Roja, que me apreciaban bastante, porque no eran precisamente fuertes, y el incidente de la pasada noche les hizo sentirse más seguros estando a mi lado. Una de las cosas que descubres en la mili es que cada persona va buscando la protección de algún grupo, ya que entre tantos y de tan variada procedencia, es inevitable sentir algo de vértigo e inquietud. Y hablando de procedencia, al decir que yo era de Pinos Puente, me comentaron que mi paisano Andrés, el que debía incorporarse en el mismo llamamiento que yo, estaba en la enfermería por problemas gástricos, que comprobé visual y olfativamente mientras el que pasó la noche bajo su cama no dejaba de decir – ¡me ha cagao, este tío me ha cagao!, por lo visto las secreciones gástricas de Andrés fueron tan ligeras que traspasaron el colchón llegando a caer sobre el desafortunado malagueño que a partir de ese momento fue llamado entre nosotros como “el cagao”.
Bajamos al patio y junto a la bandera de España estuvimos en pié y formados más de media hora, con una neblina insoportable. Dándonos órdenes se encontraba un cabo primero castellano, muy pequeñito, del que más tarde terminaría haciéndome amigo. Era un tipo enérgico, que realmente tenía vocación militar. Ya bien formados fueron separándonos, primero nos apartaron a los de Cruz Roja, lo cual era casi tan fácil como ver los uniformes, por los nuestros había pasado más de una mili. Paso seguido nos apartaron a los que estábamos rebajados y pendientes de la visita al Hospital Militar de Sevilla. Ahí tomé realmente conciencia de que pertenecía a lo más bajo de la escala social del cuartel. Volvieron a alinearnos y nos colocaron por tamaño, yo fui a primera fila de un grupo casi de chiste. Entre nosotros estaban:
· El Largo, un chico que se libró por alto, altísimo realmente, trabajaba ayudando al forense de Marbella, según él, además de limpieza, su mayor responsabilidad era abrir el esternón de los muertos, ya que el forense era un hombre mayor y no tenía la suficiente fuerza. Era un tipo noble y muy callado.
· Un gitanillo, sí, gitanillo, que se libró por ser demasiado pequeño. Poligonero granaino admirador de Camarón y de los Chichos, no dudaba en amenazar con sus primos a quien intentaba pasarse con él.
· Tres gordos. Estos eran especialmente graciosos y singulares:
o Tomé, llamado así por ser de Santo Tomé, un pueblecito que me explico que estaba muy cerca de Cazorla. Se dedicaba labrar sus tierras, era serio, pero de estos serios que cuando se sueltan a hablar no paran. Parecía físicamente diseñado para estar sobre el tractor. Nunca antes había salido de su pueblo.
o Sergio, cordobés muy bribón. Era del tipo de gordo aplastao y blandorro. Era tonto y casi no hablaba, cuando lo hacía era para soltar alguna patochada.
o Alonso, de la Cruz Roja de Loja. Un auténtico engreído que pensaba que era más que nadie porque su padre era el Jefe de Puesto en Loja y se había retirado del ejército como sargento.
· Tíjola, llamado así por su pueblo. No recuerdo porque intentaba librarse, pero se que siempre pensé que sería por tonto. Fue fuente de mucha diversión en ese grupo tan extraño.
Al poco de llegar al Botiquín, en lo que se convertiría en nuestra rutina, escuché por un ventanuco a Andrés que me llamaba,
- Pepe Luis que estoy malo,
- No te preocupes, ya te cuidarán, ¿estás mejor?,
- No, me duele y no me dan de comer. Tráeme un bocadillo de morcilla de la cantina.
- ¿Pero tú estás loco?. ¿Cómo voy a traerte nada de comer?, que estas malo de la barriga, ¡que ayer te cagaste en la cama!.
Siguió insistiendo pero ya no le hice más caso. Los gordos empezaron a sacar bocadillos de sus bolsillos, el oficial médico les había dicho que estaban en el límite, y que si engordaban un poco más, se librarían, y se tomaron ese trabajo muy en serio.
Por hoy ya está bien que tengo cosas que hacer, así que mañana continuaré contando como pasaron esos días. Saludos a todos.

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