Historias de la mili II: Botiquín y primera noche en el cuartel.


Al poco rato de estar barriendo, llegó un cabo de reemplazo, fornido, alto, de tez morena, con el tiempo supe que criado en Almanjayar, con todo lo que ello conlleva. Nos llamó a los que allí estábamos. Supongo que los demás al igual que yo, habían retrasado su incorporación. Nos preguntó uno a uno si ya habíamos pasado la revisión médica y respondimos que no.
Nos sacó al patio del cuartel, junto al mástil con la bandera de España que tantos días vería izar en posición de firmes. Nos dio las primeras nociones de lo que es ponerse en formación, alinearnos, y caminar con mediana dignidad.
En “perfecta” formación llegamos hasta el Botiquín, tenía una entradilla, algo así como un porche, con asientos de piedra donde nos mandó sentarnos a esperar nuestro turno. Al oír mi nombre precedido de mis apellidos me puse en pie y pasé dentro, hacía algo menos de frio, tenían una estufa de butano. El médico era un oficial, aunque no supe discernir su graduación, aun no tenía ni idea de cómo iba todo eso, tenía barba blanca poco cuidada, gafas con montura de pasta, un cigarro en la boca y el aliento le olía a Machaquito.
- ¿Está usted bien?-, me pregunto.
- -Si -, respondí.
- - Vaya desnudándose-.
A lo cual yo obedecí acercándome convenientemente a la estufa.
- ¿Pero no me ha dicho que se encuentra bien?, ¿de cuándo es esa cicatriz?-.
- De hace un mes más o menos, me operaron de la vesícula-.
- ¿Quiere librarse de la mili?-
- No, no se-.
En aquel momento me quedé algo bloqueado, por un parte, librarse de la mili, era algo muy bueno, por otra, yo me había presentado voluntario, ya había hecho tres meses de guardias en el puesto de Cruz Roja en mi pueblo. Además dudaba si sería una pregunta trampa. Así que en un brote de estúpida dignidad patriotera saqué pecho y en el tono más marcial que me fue posible dije,
- Yo he venido a cumplir con mi patria-.
El oficial médico se quedó mirando a su ayudante y le faltó soltar una carcajada.
- Eso ya lo veremos, por lo pronto está usted rebajado de todo tipo de actividad en el cuartel, tenga este papel y se lo entrega a su superior. Este otro lo guarda para enseñarlo en cocina todos los días y que así le den una dieta adecuada-.
Mientras decía todo eso iba firmando los papeles y yo iba poniéndome el uniforme, obedeciendo las órdenes que con gestos me había hecho el ayudante. Una vez vestido, volvió a dirigirse a mí el oficial médico,
- Queda usted pendiente de lo que le digan en la revisión en el Hospital Militar en Sevilla, ya puede salir.
Me despedí y volví al porche, donde mis compañeros estaban comentando su experiencia.
El resto del día pasó entre esperas y esperas, hasta que sonó la trompeta, mejor dicho, el altavoz con la grabación y llegó la hora de ir a dormir.
Me tocó dormir en la cama de arriba de la litera, debajo tenía a un antequerano, menudo y algo enterao que me advirtió de las novatadas nocturnas, diciéndome que a mi seguro que me tocaba esa noche. Me aconsejó que me dejara llevar, pero eso no iba conmigo.
Se apagaron las luces y se ordenó silencio, yo no podía dormir, estaba pendiente de la novatada. De guardía en ese turno estaba Celso, yo era de los pocos a los que se dignó a hablar porque era universitario, era pequeño, más bien algo enanoide, cabezón y cuellicorto y de piernas gordas y cortas, me había comentado que era ATS, por supuesto era de los más viejos de allí y por alguna extraña razón era el lider de una especie de "grupo de élite".
A eso de las 3 de la madrugada escuché un llanto que me alarmó y unas risas. Había llegado la hora de las novatadas. Pude ver a cuatro reclutas, junto a ese fallido proyecto de hombre llamado Celso, tapados con sábanas apaleando con los cintos del uniforme al pobre desgraciado, que lo único que hacía era llorar acordándose de su madre, ¿sería el vecino del subteniente?. A continuación vi claramente que venían a por mí. Sabía bien lo que debía hacer, pues llevaba horas planeándolo, así que cerré los ojos haciéndome el dormido. Oía como se acercaban entre risitas y como uno de ellos advertía al resto sobre mi corpulencia. Cuando hubieron rodeando mi cama, uno de ellos intentó taparme la cabeza con mi manta, mientras otros dos intentaron inmovilizarme las piernas y brazos. Justo en ese instante me incorporé y saqué la mano, agarré muy fuerte a Celso de la guerrera y lo levanté un palmo del suelo, me acerqué al oído y le dije,
- A ver quién de los dos tiene más cojones.
Lo solté y me amenazó con un arresto que nunca se atrevió a llevar a cabo. A partir de esa noche nadie se atrevió a toserme en el cuartel. De algo tenía que servirme la experiencia con las novatadas en la Cruz Roja, que me costaron más de una pelea y más de una semana de arresto.
Y por hoy concluyo el relato, hasta otro día.

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