Historias de la mili I.


Saludos a todos aquellos que me leéis, se que sois más de lo que parece. Os confieso que me produce algo de reparo escribir esta mañana, vuelve a ser un día lluvioso, y la verdad, ya está bien de escribir cosas más o menos tristonas.
Viendo y escuchando distintas tertulias los temas son la crisis, para variar, y el desgraciado accidente acaecido en Sant Boi por el temporal de viento, que descansen en paz las almas de esos niños.
Intentando dar con alguna historia menos triste, estoy recordando mis experiencias en la mili. Menudos personajes se encontraba uno haciendo la mili, se dice lo mismo de la universidad, pero lo de la mili es mucho más variado. Encuentras gente que jamás ha salido de su pueblo, y de pueblos bien apartados de alguna capital de provincia, especímenes humanos propios de las entrevistas de Jesús Quintero.
Lo cierto es que mi mili fue algo patética, incluida la Jura de Bandera, de la que a Dios gracias no queda ningún tipo de documento grafico. La causa de tal patetismo no fue otra que entrar en la mili al poco tiempo de ser operado de vesícula. Yo entré voluntario, con destino en Cruz Roja, pero de esa instrucción mínima no me libraba, ni de la Jura.
Todo empezó con la llamada de la que había sido mi vecina hasta hacía poco, Matilde, diciendo que había visto una carta del Ministerio de Defensa a mi nombre, que buena vista ha tenido siempre Matilde. Fui a recogerla, la abrí, y al comenzar a leerla recuerdo que me puse algo nervioso, hacia un par de días que debería haberme presentado en el cuartel. Mi padre me tranquilizó y le quitó importancia al tema, pero no dejé de notar que insistió en que me fuera bien comido a la mañana siguiente, posiblemente pensando en un arresto.
Hacía un frio tremendo, creo que eran las 7 de la mañana cuando entré en el Cuartel. Tuve mucha suerte, pues en la puerta se encontraba alguien de Pinos, creo recordar que de los leones, que me conoció, me acompañó hasta el despacho del subteniente, y logró medio engañarlo para que yo no fuese arrestado antes de entrar. A esta indulgencia ayudó el hecho de coincidir en el despacho con la señora del subteniente en compañía de una vecina, las dos con su carrito de la compra, que estaban pidiéndole, y casi ordenándole, que se portaran bien con su niño
– Manolo, que tu sabes lo bueno que es el chico, que lo conoces bien, no dejes que sufra, que aquí anda mucho bruto suelto –.
A todo esto, la madre muy compungida no dejaba de abrazar a su hijo, a ese pobre hijito de su alma, que con 28 años tenía que sufrir esa tortura tan tremenda….La escenita me produjo vergüenza ajena, ver a un hombre 10 años mayor que yo, acompañado de su madre en tales circunstancias, me pareció patético.
Ese día empecé a descubrir que el centro neurálgico del cuartel era la cantina, hasta allí fui en compañía de mi paisano, y me presentó a un sargento encargado de los uniformes. Tomamos algo, pues en la mili no hay prisas, y fui tras sus pasos hasta el sitio donde estaban los uniformes. Sacó un uniforme nuevo, inmaculado, brillaba, hasta que mi paisano le comentó:
-éste es de Cruz Roja – .
Mirándome dijo,
- ¿de Cruz Roja?-,
paso seguido pasó a mirarme con algo de desprecio, lo cual contrastaba mucho con la simpatía demostrada cuando pagué la invitación en la cantina. Volvió a guardar el uniforme, me miró de pies a cabeza, empezó a revolver en una caja de madera enorme, de la que sacó lo que iba ser mi uniforme, descolorido, la guerrera me estaba grande y los pantalones pequeños, con la gorra, como es normal, hubo que buscar más para conseguir la de mi tamaño, entraba, pero tenía la visera torcida y no hubo manera humana de enderezarla. Tras despedirnos, dirigimos nuestros pasos hacia el barracón en que me tocaba dormir, me dio las llaves de la taquilla y me dispuse a ponerme el uniforme. Esas cosas deberían ir con manual de instrucciones, pues de entre los quintos que allí estábamos, tuvimos que ir aprendiendo como se debían poner las diferentes piezas. Allí descubrí las bragas, que gran invento. Aun hoy tengo en casa alguna camiseta, las toallas y calcetines de los más gordos, otra cosa no, pero la ropa era de calidad. También guardo un grato recuerdo de mis botas Iturri, que bien sentaba llevarlas en esas mañana frías de Granada, cuando nos tenían plantados en formación.
El dormitorio, que recibía otro nombre más marcial que ahora no recuerdo, era una especie de nave llena de literas y taquillas, con amplios ventanales con portillos de madera pintados de verde. Al terminar de vestirme, se despidió mi paisano, dejándome en las manos un cepillo para barrer todo aquello junto a otro nuevo recluta. Pero ya está bien por hoy, prometo que iré contando mis andanzas en el cuartel en próximas entregas.

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