El infierno es esperar sin esperanza.

Siempre fuiste alto, fuerte, bien parecido, sano, algo peleón y justiciero. De proceder noble y bueno, orgulloso, demasiado orgulloso. Derrochas carisma, siempre fuiste centro de atención de todas las reuniones en las que te encontraste. Gran amigo de tus amigos y familiar como el que más. Poco dado a las muestras de cariño en público. De palabra rápida e inteligente, idealista, de naturaleza rebelde. Sólo las más guapas te acompañaron al ritmo de un pasodoble en las fiestas del pueblo. Eras capaz de montar de un salto y a pelo, a mulos y caballos por lo escalones del Paseo y por alguna romería. Amigo del dominó y del flamenco, frecuentaste el Florida en compañía de viejos.
Te ganaste la vida con la palabra, tu carisma y tu honradez, con los que te ganaste día a día la confianza de cada uno de tus clientes.
Nunca fuiste un destacado deportista, ni tan siquiera te gustó practicar deporte alguno. Tampoco has sido un manitas.
Lo más destacado en ti fue siempre tu gran cabeza, y también va con segundas.
Ahora desesperas, desesperas porque no tienes esperanzas ni ilusiones. Cada mañana al levantarte estás pensando en cuánto queda para ir a la cama. Sólo esperas que pase el tiempo. Estás huérfano de ilusiones.
Olvídate da falsas vergüenzas y orgullos que no te dejan ser feliz. ¡Sal de ese infierno en el que te has empeñado en vivir!.
Dijo André Maurois que “el arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza”. Pues esperánzate, tienes buenos aliños para conseguirlo.
Piensa en tus nietos, a cual más guapo y gracioso, que te adoran. Haz planes para compartir tiempo con ellos. Aprovecha aquello que más te significó, tu palabra, tu carisma, todas tus experiencias. Cuéntales historias, sácalos a tomar algo. Enséñales a saludar, a pedir algo a un camarero, a pagar como lo debe hacer un hombre, tal y como me enseñaste a mi. Dales la oportunidad de poder tener entre sus recuerdos las cosas que hicieron con su abuelo, de igual modo que tú recuerdas el día en que tu abuelo Enrique te mando a buscar un taxi que os llevara a Málaga.
Todo esto, te lo dice alguien que guarda entre sus mejores recuerdos, los momentos en que sirvió de bastón a su abuelo Luis. Quien me enseñó a coger una buena vara cuando íbamos a darles de comer a los pavos a la casa vieja. Lo acompañaba cuando pasaba la mañana vigilante, sentado en la silla plegable de madera en la tienda, viendo como se le acercaban los niños pequeños a los que trataba con infinita ternura. También lo acompañé al Florida, a tomarse un chato de vino con su amigo Cecilio. Me enseñó a jugar a la brisca al terminar de hacer los deberes cada tarde. Y lo más importante de todo, habló mucho conmigo.
Ánimo cabezón, te lo digo con todo el cariño y respeto.

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